Enrique Camacho falleció el 26 de diciembre

Enrique Camacho falleció el 26 de diciembre víctima de la COVID-19. Los miembros del Grupo Azarquiel y, estamos seguros, los miembros de la comunidad educativa que lo conocieron y sus innumerables amigos estamos conmocionados por esta inesperada pérdida.

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Enrique Camacho falleció el 26 de diciembre

Enrique fue uno de los fundadores del Grupo Azarquiel, allá por el año 1980, una época en la que gran parte de las energías políticas y sindicales que había en España después de la llegada de la democracia se orientaron hacia un campo desde el que se pensaba que se podía hacer la mayor de las revoluciones: la enseñanza.

En octubre de 1980, recién creado el Grupo Azarquiel, Enrique y otros tres miembros del grupo, participaron en una reunión de grupos de trabajo convocados por la Sociedad Andaluza “Tales” en Sevilla. De esa reunión salió el compromiso del Grup Zero de organizar unas jornadas de aprendizaje y enseñanza de las matemáticas en Barcelona y, del resto de los asistentes, el de presentar sus trabajos en esas jornadas. Esas primeras JAEM dieron lugar a nuevos encuentros hasta llegar en 2019 a su edición número 19.  Fueron el inicio del movimiento de grupos de trabajo y sociedades que llevaron al extraordinario desarrollo asociativo actual, que ha unido e impulsado los esfuerzos en didáctica de las matemáticas de todo el país.

Desde el principio de su trayectoria como profesor de matemáticas, Enrique puso en acción sus ideales, su pasión, su desbordante vitalidad y su capacidad de trabajo y de persuasión y en pocos años consiguió convertir el Instituto del que era director en un laboratorio de ideas y proyectos educativos, labor que fue reconocida con el primer Premio Giner de los Ríos a la mejora de la calidad educativa.

Siempre tuvo muy claro el papel clave de la enseñanza pública como motor del cambio social, como vehículo para lograr una auténtica igualdad de oportunidades que abriese las puertas de una vida mejor a las clases menos favorecidas y esa convicción siempre estuvo presente en sus múltiples actividades en torno a la enseñanza.

Actividades que desarrollaba con su habitual energía, optimismo y alegría contagiosa. Estaba en todo: en las reuniones preparatorias de las JAEM, impartiendo cursos en la Escuela de Verano, escribiendo hojas y hojas de problemas para las clases, inventando artefactos didácticos para Matemáticas o para Astronomía, buscando vídeos, diapositivas, libros o artículos que nos orientaran, discutiendo con los compañeros la mejor manera de abordar una cuestión y, pocos años después, trabajando en puestos de mayor responsabilidad dentro del Ministerio.

Enrique era un organizador nato, un ser absolutamente sociable al que le encantaba (y lo hacía muy bien) preparar y llevar adelante encuentros y reuniones de todo tipo. En estos foros discutía con ardor, defendiendo tenazmente sus opiniones hasta que eran aprobadas o, alguna que otra vez, hasta convencerse de que había alternativas mejores. Polemista, conversador incansable, en las reuniones del Grupo Azarquiel, Enrique nos llevaba hasta la extenuación, argumentado y discutiendo en sesiones interminables en las que al final conseguía su propósito, no por convicción sino por agotamiento.

De entre los muchos eventos organizados por Enrique, casi siempre respaldado por los consejos de su admirada Amparo, podemos destacar la observación del paso del cometa Halley, en 1986, en la que consiguió reunir a más de cincuenta amigos para pasar un fin de semana en Albacete ocupándose él de dirigir toda la intendencia de alojamiento, comidas, telescopios y festejos paralelos.

En el año 1984, Enrique inició una nueva etapa de su compromiso con la didáctica de las matemáticas en lo que entonces era la Subdirección General de Perfeccionamiento del Profesorado, donde, como no podía ser de otra forma, se lanzó a una actividad arrolladora, surtiendo a los incipientes Centros de Profesores de los materiales didácticos innovadores que empezaban a aparecer en el panorama educativo y organizando toda clase de actividades hasta que en 1986 fue requerido por el Instituto Cervantes para trabajar como director de la sede de Nueva York. Sabemos que en esa institución pública ha dado también lo mejor de sí mismo.

Sentimos en lo más profundo la pérdida de Enrique, pero nos consuela saber que ha llevado una vida plena hasta el final de sus días, comprometiéndose sin reservas en cada uno de sus proyectos profesionales y personales y arrastrando con su entusiasmo a todos los que le hemos rodeado.

Grupo Azarquiel